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Ser familia

09:00 hs. | 28 de Febrero | Portada

Ser familia

Por: Lourdes C. de Ocampo.

La fuente de valores de una comunidad, una ciudad o un país son sus familias. Si en una familia se aprende a respetar, a trabajar honradamente,  a amar el conocimiento,  a querer el bien para todos, se habrán dado pasos fundamentales para desarrollar una vida  capaz de dar buenos frutos. Por supuesto que no es fácil: hay que tener en primer lugar un claro sentido de la vida, del por qué se es la familia que se es y de cuál es el compromiso que se tiene como tal.

Cada familia puede ser una fuente de riqueza humana  desde sus particulares circunstancias; por más dificultades y carencias que haya en ella, podrá encontrar en cada momento la  posibilidad de descubrir una senda más recta y más clara por donde orientar su vida.  Sin embargo, independientemente de que las circunstancias sean de abundancia o de pobreza, habrá que luchar contra el enemigo más común, más cercano e insistente: el egoísmo.

Otra carencia que hace vulnerable a cualquier familia -en todo tiempo y circunstancias- es el ignorar, o el no tener en cuenta que cada integrante de la familia tiene una dignidad como persona y es inmensurablemente  valioso  para Dios. Si se tuviese presente esto, se elevaría la calidad del trato entre unos y otros, se procuraría el desarrollo espiritual, y la sociedad entera cuidaría todos los aspectos (educación, salud, trabajo, tiempo de esparcimiento) relacionados con el bienestar de las familias.

“Saberse” familia, constituida por papá, mamá e hijos “debiera” ser algo que ocurre de manera natural. Se nace en ese núcleo, se siente y se aprende el sentido de pertenencia que cada uno tiene de la familia. Conocer las raíces contribuye a comprender la propia identidad. ¿Cuántos momentos de las  reuniones familiares son  dedicados a contarle a las nuevas generaciones la historia del origen de su familia? ¿Se les platica de dónde eran sus abuelos y sus bisabuelos, cómo se conocieron, en qué trabajaban, qué deportes les gustaban, qué anécdotas contaban…?

Algunas familias tienen pocos o ningún dato de sus ancestros, y para muchos sería suficiente con que los nietos tengan trato con los abuelos y quieran escuchar de vez en cuando algunos de sus recuerdos. Otras, quizá piensen que no hace falta hablar de sus antepasados, ni de un tiempo que no es el que ahora los hijos están viviendo, aunque esas breves historias pudieran ser portadoras de los valores que han trascendido hasta hoy en la línea de la familia o, de oportunidades de aprender y perdonar los errores que antes se hayan cometido.

Las familias, igual que las personas, son perfectibles. En todas existe la posibilidad de mejorar continuamente si se trabaja ayudando a cada uno de sus miembros a crecer en calidad humana. Formarse en familia exige dar prioridad a lo que es esencial para conocer y querer una vida buena.  Se toma conciencia, de que se es familia, a través de lo que se vive desde la niñez  en el seno mismo de la familia. Saberse familia es quererse, ayudarse unos a otros a crecer, a darse valor para superar los errores, es perdonarse y respetarse, ser un apoyo en la enfermedad, y alegrarse con los pequeños y los grandes logros. Ser familia es aún más: es reconocer a Dios como Padre… y aprender a dejarse amar por Él.

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