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Presencia y diálogo

09:00 hs. | 04 de Mayo | Portada

Presencia y diálogo

Lo más valioso que puede darse a la familia, es tiempo, amor y vida.

Uno puede preguntarse cuánto tiempo realmente efectivo pasa con los hijos y apreciar la respuesta en los hijos mismos. Cada uno es diferente, nos lo dice su comportamiento y carácter, lo manifiesta su participación en la familia, lo que platica de cómo es su vida  en la escuela y con los amigos…

Los diálogos con los hijos son una oportunidad para conocerlos más,  apreciar sus sueños, responder a sus inquietudes y orientarlos en sus dudas. Del tiempo que uno pasa con ellos queda siempre algo, aún de aquél tiempo en el que sólo hubo breves y silenciosos encuentros. El lenguaje de la actitud, la mirada y la sonrisa de los padres queda grabado en el alma de los hijos.

La sola presencia de los padres comunica, transmite, muestra un modo de vivir, de compartir, de ser, hacer y servir. Los hijos necesitan la presencia de los dos, y los más pequeños necesitan la cercanía física con su mamá, escuchar su voz, ver y tocar su rostro, sentirse abrazados por ella… Todos los instantes cuentan, pensemos también en los momentos en que la mamá o el papá se sientan con el hijo en el piso o en el pasto y distribuyen los monitos, carritos o cubos para jugar, el niño va aprendiendo a compartir y a disfrutar esa participación.

Sin embargo, las circunstancias no siempre son propicias. En la historia de la humanidad ha habido tiempos en que algunas comunidades padecen una mayor pobreza -que obliga a las madres y a los niños a trabajar-;  en México muchas familias han vivido esa situación durante décadas, por lo que varias generaciones de niños no han tenido la dicha de disfrutar la compañía de su mamá durante sus primeros años de edad, porque era necesario dejarlos en una guardería, o bien al cuidado de algún familiar, o trabajadora doméstica.

Cuántos de esos niños y niñas en esas condiciones, habrán esperado durante muchas horas el regreso de su mamá, que llegaría cuando ya era la hora de dormir. Esos niños no tuvieron oportunidad de verla cercana durante el día, de escuchar su voz, de pedirle que juegue con ellos, de ser abrazados y consolados, de recibir de sus manos un vaso de agua cuando tuvieron sed,  no pudieron sentirse acompañados ni acudir a ella para preguntarle, decirle o pedirle lo que necesitaban.

Afortunados aquellos  que guardan en su memoria los momentos en que los hermanos, reunidos alrededor de la mesa, hacían cada uno su tarea escolar mientras la mamá horneaba un pastel, galletas, o preparaba la cena…  Una mamá que además procura ser maestra de sus hijos,  cocinera y hasta réferi cuando los hijos discuten o callan al que está tarareando una melodía mientras dibuja, o cuando uno de ellos reclama que sus hermanos no quieren prestarle un borrador…

La presencia de papá y mamá en casa es imagen de ambiente de familia completa, los hijos lo perciben, experimentan la seguridad de saberse, de pertenecer; sienten el cariño de su mirada, la orientación que guarda el tono de sus palabras.  La presencia de los padres es acompañamiento para los hijos; con ellos se viven momentos de descanso, de juego, de corrección, de comprensión, de ternura, momentos de diálogo, de aprendizaje de modo de vida, de identificación de emociones…

El amor a la familia exige voluntad para dar a tiempo lo que se quiere dar, que precisamente porque se ama se da con gusto lo mejor que se pueda. La voluntad se necesita para cuidar lo que se dice a los hijos, el cómo se dice; para mirar a cada hijo y pensar en él, en lo que quiere saber y necesita saber, en lo que le da alegría y afirma su autoconfianza.

El tiempo que hoy pasemos con los hijos, manifestado en atención, educación y cariño, permitirán formar la grandeza de espíritu de las siguientes generaciones. De algo tan cercano y entrañable como son los hijos, y tan accesible como es la voluntad de sus padres, depende que seamos un país donde cada uno de sus habitantes quiera ser mejor persona, prepararse más y servir a los que más lo necesitan para que a su vez estén en condiciones de lograrlo.

Lourdes C. de Ocampo.

 

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