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“¡Gracias, perdón, ayúdame más!”

12:00 hs. | 13 de Octubre | Portada

“¡Gracias, perdón, ayúdame más!”

El marco en el que se realizó la ceremonia de Beatificación de Don Álvaro del Portillo, primer sucesor de San Josemaría Escrivá de Balaguer en la Prelatura del Opus Dei, será inolvidable para quienes tuvimos la oportunidad de estar presentes. La participación de fieles fue multitudinaria y gratamente ordenada. Se notaba la alegría y la devoción entre las familias, los jóvenes y los adultos. Fue especialmente conmovedor ver a tantos matrimonios jóvenes que acudían con sus hijos pequeños (bebes, y niños de dos y 3 años), y familias  que también iban acompañadas por los abuelos.

La fe se hizo más evidente para mí, al escuchar a una señora decirme que traían a una niña de 2 años para pedir por su vocación. Confieso que me confrontó, me dejó reflexiva, porque yo no habría llevado una niña de esa edad a un acto donde habría miles de personas. Me di cuenta entonces que la fe es total cuando somos capaces de enfrentar dificultades (como las que pueden presentarse en un viaje a un lugar tan distante) y hacerlo con la finalidad de confiar, de poner en las manos de Dios la vocación de una vida que apenas da sus primeros pasos.  Esta circunstancia trajo a mi mente la imagen de los papás de San Josemaría, cuando le llevaron a los dos años de edad, por un camino de muy difícil acceso, a dar gracias a la Virgen que era venerada en una ermita (hoy  Santuario de Torreciudad) muy cercana a los Pirineos; ellos, le confiaron la vida y la vocación de su hijo.

La mayoría de los padres encomendamos a la Santísima Virgen  la vida de los hijos, se los confiamos, pero quizá no somos constantes en pedir que les ayude, que les permita ir viendo desde pequeños cuál será su vocación, es decir qué es lo que Dios quiere para ellos; generalmente ese pensamiento ocupa nuestra mente cuando los hijos están en edad de elegir una profesión; quizá a muchos se nos escapa que desde la niñez se va “visualizando”,  imaginando como un sueño o como un deseo lo que se quiere ser, lo que se querría hacer en la vida. Recordé entonces, como lo he hecho tantas veces, que una oración de los padres por los hijos -que Dios siempre escucha- es encomendárselos para que quieran y puedan hacer -de su estado de vida- una vocación.

Bueno, todos estos pensamientos ocurrían antes de que diera inicio la ceremonia de Beatificación, que fue presidida por el Cardenal Ángelo Amato, Prefecto de la Congregación de los Santos, representante del Santo Papa Francisco y por Monseñor Javier Echeverría, Prelado del Opus Dei.  En ella se destacaron las virtudes que sustentaron la calidad humana de don Álvaro, su capacidad de amor puesta al servicio de Dios y de la Iglesia, su humildad, su incansable deseo de construir el bien, y la serenidad que le caracterizó y que se hizo más patente en los momentos de dificultad, a los que -como lo había aprendido de San Josemaría- “respondía siempre con la oración, el perdón, la comprensión, la caridad sincera”. (1)

(1)   ​Carta del Papa Francisco a Mons. Javier Echevarría, Prelado del Opus Dei, con motivo de la beatificación de Álvaro del Portillo.

Al hablar de la vida de don Álvaro, se recordó de manera especial que él “Era consciente de los muchos dones que Dios le había concedido” y “buscaba siempre lo positivo en los demás, lo que une, lo que construye”.  Se habló también de su sencillez y de su “inocencia serena de quien no se considera mejor que los demás a pesar de su brillantez intelectual”.

Desde luego también fue señalado el milagro que, por la intercesión de don Álvaro, significó la curación instantánea del niño chileno José Ignacio Ureta Wilson,  así como las circunstancias en que se dio a los pocos días de nacer, en agosto de 2003.

“¡Gracias, perdón, ayúdame más!”.

Nos fue compartida a todos presentes la jaculatoria que frecuentemente pronunciara don Álvaro: Gracias, perdón, ayúdame más. Estas palabras nos recuerdan cuánto necesitamos agradecer cada día el amor que Dios nos da, así como pedir perdón por nuestros olvidos y errores, e implorar su ayuda para realizar todo el bien que deseamos por encima nuestras limitaciones.

Por: Lourdes C. de Ocampo.

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