Historia

Los inicios
Culiacán fue el segundo lugar donde se fundó una institución educativa con el espíritu del Opus Dei, la primera fue en un colegio en Bilbao, España.
Cuando Don Gonzalo Ortiz de Zarate llegó a México venía contratado por una compañía Constructora, pero al momento de formalizar el contrato se dio cuenta de que no era en la ciudad de México done iba a desempeñar su trabajo, sino en Culiacán.
Una circunstancia de trabajo habría de cambiar geográficamente la misión de apostolado que querían Don Gonzalo y quienes venían con él. Antes de decidirse por la alternativa de venir a Culiacán, ellos se lo plantearon a San Josemaría, y él vio en esta situación no un obstáculo sino una señal especial de Dios para empezar la labor de la Obra en Culiacán.

Culiacán y Gaztelueta
Don Gonzalo, en sus muchos años de trabajo en el Instituto, comentó algunas veces cómo en las pláticas tenidas con la gente que construía, fue haciéndose frecuente el tema de la familia y de la educación, y que entonces, en un momento dado, decidieron pasar de los comentarios a los hechos y le plantearon la idea de fundar un colegio; Don Gonzalo pensó que esto sería un instrumento de formación muy importante. Había que pensar entonces en planear y organizar su funcionamiento.
En 1951 había nacido en Bilbao, Gaztelueta, el primer colegio en el que se educaba a la luz del espíritu de la Obra, y para esa fecha contaba ya con cuatro años de experiencia. Allá se dirigió Don Manuel García Galindo a informarse de cómo. Era preciso tener un orden: primero los papás de los alumnos, luego los profesores, y después, los alumnos. Así lo hicimos desde entonces.

Con esfuerzo y a conciencia

El Colegio Chapultepec fue primero, porque los padres de familia que estaban empeñados en concretar la idea de la formación integral tenían hijas mayores que hijos. Era un tiempo crucial; muchas cosas buenas se derivarían de la idea que se iba realizando poco a poco.
Años de intenso trabajo, pero también de nacientes ilusiones y grandes esperanzas. No sólo se construía el edificio que habría de albergar a los alumnos; era necesario preparar formativamente a la planta de maestros… la siembra que habrían de realizar exigía la mejor semilla… Su responsabilidad trascendería de una a otra generación.

Hoy, muchos años después, puede afirmarse que la entrega intelectual y formativa que ha hecho el Instituto a tantas generaciones de jóvenes, y la difusión del espíritu de la Obra en la vida de las familias, es el mejor homenaje que se puede tributar a todos aquellos grandes Maestros que, habiendo podido hacer nombre y fortuna en alguna gran ciudad, entregaron los mejores años de su vida profesional a nuestra tierra, quedándose aquí porque consideraban que era la voluntad de Dios, y eso para ellos era más importante que levantar una empresa y cobrar fama.